Los pasillos del tiempo

Breves reflexiones desde una ventana

Truco

Tengo un terrible dolor de estómago (resaca) y tus ojos clavados en mi pecho.

Cada vez que paso por tu escaparate, intento llevar un libro distinto.

Camino tras la chica del jersey a rayas (de colores alegres pero no es por eso por lo que la sigo) y miro hacia los comedores vacíos.

Me siento en un café y escribo dos puntos salto de línea título TRUCO PARA QUE NO HUELA A SALMÓN TODA LA CASA y en otra línea Poner a cocer un poco de agua con unas gotas de suavizante mientras se fríe el salmón. No sólo no cogerá olor la casa sino que, además, se perfuma.

11 AM

A las once de la mañana llevaba un miligramo por litro de alcohol en sangre. Estuvo a punto de atropellar a un peatón en un paso de cebra. Salió del coche y le dio dos puñetazos en la cara. En el suelo, varias patadas al cuerpo inconsciente. Volvió a su coche, un Clio, y se marchó. Alguien había avisado a la policía. Lo detuvieron a un kilómetro y medio del paso de cebra donde una ambulancia atendía al peatón. Nació en Gijón. Estaba en Vigo. Eran las once de la mañana.

El arte de la imitación

Hace poco tiempo, estaba yo en Vilanova, un profesor de la Universidad de la Coruña me dijo, con una lucidez a la que los académicos me tienen poco acostumbrado, que las fases de todo proyecto innovador son tres.

En la primera, nadie, pero nadie, confía en tu idea. Te toman por loco y por muchos ejemplos que les ofrezcas “aquello es imposible que funcione”. Entonces, un día, tienes suerte (la suerte hay que buscarla) y alguien te abre una puerta. Muchas veces ese alguien es quién menos te lo esperas, pero ahí está. Entras y empiezas a desarrollar tu idea.

La segunda fase comienza cuando, andando andando, los mismos que te llamaron loco empiezan a hablar mal de tu proyecto. “Claro, a saber lo que ha tenido que hacer para que Fulano le haga caso”. “¿Eso? Eso lo podía estar haciendo cualquiera, pero espera, espera y verás dónde acaba.” Hay otras frase mucho más hirientes, pero prefiero omitirlas.

Y la tercera fase es la más divertida. No sé cuanto tiempo tiene que pasar para que empiece, pero sus síntomas son inequívocos: todos quieren subirse al carro. No, no se equivoquen, esto no quiere decir que aquellos que dijeron NO -y que la mayoría de las veces no se tomaron ni la molestia de escuchar a aquel pobre chaval que creía tener una idea- te vayan a llamar para colaborar en próximos proyectos. Esto sería reconocer su error. La mezquindad humana y la envidia son cualidades innatas en los soberbios. Lo más habitual, lo que ahora mismo está pasando, es que, convencidos de que “eso” funciona, empiecen a copiar tus proyectos. En literatura se llama plagio, en televisión contraprogramación, en gestión cultural: falta de ideas.

Pero, ¿saben cual es el problema? Ellos siempre irán por detrás, imitan no crean.

Tarde de sábado

Hace tiempo que no me siento contigo y te explico mis cosas (al oído). Acabo de llegar de la calle (la lujuria de los parques llenos de aire) y al entrar en casa he notado la ausencia de tu voz. Tengo la novela metida en una carpeta roja, tirada en el suelo, me demoro en abrirla y no sé si hoy lo acabe haciendo. Ahora (sin ti) las horas son (demasiado largas, demasiado vacías, demasiado) lentas. Cuesta trabajo levantarse y me irrita irme a la cama. Pienso en ti (a cada rato) excepto cuando leo. Ahora Auster, pero un libro antiguo no el que acaba de sacar, ahora he terminado otro y he descubierto que cada vez son menos libros los que merecen la pena y todavía menos las historias que me interesan. Quizá la tuya. Pero no por teléfono. Parco en palabras, excesivo en gestos, sabes que me gusta adornarte (los cuentos) con esas manos (como gaviotas) que van de un lado a otro (ya hicieron sus nidos en los tejados de enfrente). Y, a poco, tendrán polluelos. Los veremos crecer y sus primeros vuelos. La ciudad se llenará de gente, subirá la temperatura y bajarás a la playa. Futuro. Hoy todavía estoy frente a esta pantalla y te cuento al oído. Esta tarde puede que escriba (o no) y lea, tengo ganas de acabarme esos libros que ya empiezan a tambalearse en mi mesilla, o quizá ataque primero el que tengo a los pies del sillón. Quizá abra la carpeta roja y termine la novela. Puede que vaya al cine. Ponen Fat city y me gustaría que la viéramos juntos, aunque sé que si estuvieras aquí, no haríamos nada de esto. Tu y yo (nosotros) sabemos que la tarde del sábado es nuestra.

Ningún hombre puede decir no a esas piernas

Me gustan sus piernas, pensó. Sólo hay dos motivos por los que se debe matar a un hombre. Y una de ellos es una mujer. Si tiene esas piernas, mucho mejor. Encendió su cigarro y bebió de la botella. La cerveza estaba fría, como a él le gustaba. También le gustaban las mujeres rubias. Ella le acababa de dar la mitad del dinero. Billetes pequeños, verdes y viejos. Una montaña. Con tanto billete se podría empapelar una habitación y todavía le sobraba para comprar una ciudad entera. Aquello era lo que siempre había soñado. Siempre. Se habían visto por primera vez en aquel bar. Después de que ella le llamará por teléfono.

- Una amiga me ha dicho que usted es el mejor.

- Depende para qué –dijo, sin quitarse el cigarro de la boca.

- ¿Le gusta el bourbon?

- Prefiero la cerveza.

Quedaron en un garito situado en el otro extremo de la ciudad. Junto a una montaña de basura...
continuará...
El resto del cuento lo puedes encontrar en el número 7 de la Revista Caña.