El sodomita de la lavadora
Hay una rata de un metro ochenta destripada sobre la alfombra. Es negra. No hace juego. El azul de la alfombra no respeta el negro de la rata. Todavía me mira, sus ojos, llenos de laberintos de venas, se cierran y vuelven a abrirse. Me quiere. Se lo noto en la sonrisa, así, de medio lado. Me acerco y le piso el morro. Emite un ligero ruido, imagino cómo los huesillos aplastan la lengua y hacen brotar la sangre. Me agacho, me pongo a su altura, y la miro a los ojos, se los cierro. Abro la boca rota, deforme, y meto mi lengua en busca de la sangre. A diferencia de toda ella, me sabe dulce; como la primera vez, no salvaje y mortal como la última, todavía noto resbalar mis dedos por la mermelada que chorreaba entre sus piernas. ¡Qué húmeda! Sin ni siquiera tocarla, con sólo saber lo que yo estaba pensando ya estaba preparada la maldita rata negra. Maldita por celosa, entiéndanme.
Ella vino a visitarme esta noche, arrepentida de todo lo que me está haciendo pasar, y los médicos creyeron que lo mejor para mi recuperación era una cena íntima, íntima, ya saben. Vino a hacer las paces, seguro. Se debe sentir culpable de haber presentado mi diario como prueba durante el divorcio. El juez me obligó a visitar un psiquiatra y este, tras leer mi diario, me internó en este sanatorio.
Esta noche, durante la cena, no me sentía incómodo. Volverla a ver al otro lado de la mesa, entre flores que brotan de un jarrón, me hizo temblar de nuevo, por lo que antes del postre, ya me estaba atracando de mermelada. Ella pedía más, así que la levanté de las axilas, las ratas negras son tan ligeras, y la puse sobre la mesa, platos y vasos rotos; sus garras a mi espalda y yo dentro de ella. Caliente, tan tórrida como el agua a sesenta grados centígrados, enganchada a mi cuerpo, la levanto y seguimos de pie ¡Qué poco pesan las ratas! No como las lavadoras, tan metálicas y pesadas, con sus ángulos rectos y esa combinación de programas. Debió de leerme el pensamiento porqué me sacó al instante y me arañó la cara. Entonces vi en su cara la misma expresión que cuando abrió la puerta del baño y me encontró consumando mis poemas con nuestra lavadora. Yo, agarrado a sus frías aristas, jadeante, en pleno centrifugado: no la había oído entrar. No fue capaz de decir palabra, pero hoy si que habló:
- La he llevado a la chatarrería.
Me imaginé a mi lavadora abandonada en una sucia chatarrería entre electrodomésticos muertos y oxidados, entonces cogí a mi rata por el rabo y comencé a golpearla contra la pared tantas veces como fue necesario para que sus tripas de rata saludasen la blancura de mi habitación.
¡La muy negra! ¡Esto significa una temporada más aquí encerrado! Pero me da igual. Sé que cuando salga puedo contar con mi lavadora. Sus programas son sólo míos, y ella sabe que puede estar tranquila porqué aquí la ropa la lavan los de azul, y yo no tengo lavadora en la habitación. Pero verán ustedes, hay algo que me preocupa: he sorprendido a la televisión mirándome de forma libidinosa.
Publicado en
Cuentos para leer en el metro
Editorial Catriel. 1999
Ilustración: Carmen García Nuñez. http://www.cronika.com/

