Ningún hombre puede decir no a esas piernas
Me gustan sus piernas, pensó. Sólo hay dos motivos por los que se debe matar a un hombre. Y una de ellos es una mujer. Si tiene esas piernas, mucho mejor. Encendió su cigarro y bebió de la botella. La cerveza estaba fría, como a él le gustaba. También le gustaban las mujeres rubias. Ella le acababa de dar la mitad del dinero. Billetes pequeños, verdes y viejos. Una montaña. Con tanto billete se podría empapelar una habitación y todavía le sobraba para comprar una ciudad entera. Aquello era lo que siempre había soñado. Siempre. Se habían visto por primera vez en aquel bar. Después de que ella le llamará por teléfono.
- Una amiga me ha dicho que usted es el mejor.
- Depende para qué –dijo, sin quitarse el cigarro de la boca.
- ¿Le gusta el bourbon?
- Prefiero la cerveza.
Quedaron en un garito situado en el otro extremo de la ciudad. Junto a una montaña de basura...continuará...
El resto del cuento lo puedes encontrar en el número 7 de la Revista Caña.

