Hace tiempo que no me siento contigo y te explico mis cosas (al oído). Acabo de llegar de la calle (la lujuria de los parques llenos de aire) y al entrar en casa he notado la ausencia de tu voz. Tengo la novela metida en una carpeta roja, tirada en el suelo, me demoro en abrirla y no sé si hoy lo acabe haciendo. Ahora (sin ti) las horas son (demasiado largas, demasiado vacías, demasiado) lentas. Cuesta trabajo levantarse y me irrita irme a la cama. Pienso en ti (a cada rato) excepto cuando leo. Ahora Auster, pero un libro antiguo no el que acaba de sacar, ahora he terminado otro y he descubierto que cada vez son menos libros los que merecen la pena y todavía menos las historias que me interesan. Quizá la tuya. Pero no por teléfono. Parco en palabras, excesivo en gestos, sabes que me gusta adornarte (los cuentos) con esas manos (como gaviotas) que van de un lado a otro (ya hicieron sus nidos en los tejados de enfrente). Y, a poco, tendrán polluelos. Los veremos crecer y sus primeros vuelos. La ciudad se llenará de gente, subirá la temperatura y bajarás a la playa. Futuro. Hoy todavía estoy frente a esta pantalla y te cuento al oído. Esta tarde puede que escriba (o no) y lea, tengo ganas de acabarme esos libros que ya empiezan a tambalearse en mi mesilla, o quizá ataque primero el que tengo a los pies del sillón. Quizá abra la carpeta roja y termine la novela. Puede que vaya al cine. Ponen Fat city y me gustaría que la viéramos juntos, aunque sé que si estuvieras aquí, no haríamos nada de esto. Tu y yo (nosotros) sabemos que la tarde del sábado es nuestra.