El arte de la imitación
En la primera, nadie, pero nadie, confía en tu idea. Te toman por loco y por muchos ejemplos que les ofrezcas “aquello es imposible que funcione”. Entonces, un día, tienes suerte (la suerte hay que buscarla) y alguien te abre una puerta. Muchas veces ese alguien es quién menos te lo esperas, pero ahí está. Entras y empiezas a desarrollar tu idea.
La segunda fase comienza cuando, andando andando, los mismos que te llamaron loco empiezan a hablar mal de tu proyecto. “Claro, a saber lo que ha tenido que hacer para que Fulano le haga caso”. “¿Eso? Eso lo podía estar haciendo cualquiera, pero espera, espera y verás dónde acaba.” Hay otras frase mucho más hirientes, pero prefiero omitirlas.
Y la tercera fase es la más divertida. No sé cuanto tiempo tiene que pasar para que empiece, pero sus síntomas son inequívocos: todos quieren subirse al carro. No, no se equivoquen, esto no quiere decir que aquellos que dijeron NO -y que la mayoría de las veces no se tomaron ni la molestia de escuchar a aquel pobre chaval que creía tener una idea- te vayan a llamar para colaborar en próximos proyectos. Esto sería reconocer su error. La mezquindad humana y la envidia son cualidades innatas en los soberbios. Lo más habitual, lo que ahora mismo está pasando, es que, convencidos de que “eso” funciona, empiecen a copiar tus proyectos. En literatura se llama plagio, en televisión contraprogramación, en gestión cultural: falta de ideas.
Pero, ¿saben cual es el problema? Ellos siempre irán por detrás, imitan no crean.

